Ni alma, ni físico ni fútbol

Los sabaleros aguantaron bien el primer tiempo, con orden, pero el correr de los minutos le generó inseguridad y Talleres se aprovechó para ganarle bien. Osella admitió que no le encontró la vuelta al equipo y se fue. Ahora es el tiempo de que los dirigentes se iluminen y no fallen, porque eso sería letal.

La caída no tiene fin, no se toca fondo nunca. No existe el revulsivo que cure. Todos los equipos han tenido una reacción, menos Colón. Hasta Godoy Cruz lo consiguió. Colón apenas muestra un poco de orden, pero apenas le alcanza para aguantar medianamente bien un tiempo. Después, al primer golpe se cae y no se levanta más. Es como un boxeador de mandíbula frágil y que no pega. Mantiene a su rival a distancia hasta que lo embocan. Y cuando esto pasa, no se recupera más. ¿Es un problema anímico?, sí. ¿Es también futbolístico?, sí. ¿Es también físico?, sí. Todo confluye y nada se puede ignorar, aunque seguramente una cosa trae la otra. La parte anímica quita confianza, genera miedo a perder y termina atando a los jugadores. Las derrotas se empiezan a construir en los segundos tiempos, no se convierten goles y, en contrapartida, se sufren en el arco propio. Es una cadena de infortunios que han llevado a Colón a un estado de cosas que ya a esta altura preocupa muchísimo por aquello que se dice al principio: la caída no tiene fin, no se toca fondo nunca, no hay una red de contención que logre frenarla.

Se fue Osella, un eslabón apenas de la cadena de responsabilidades de la que nadie puede mirar para otro lado. ¿Hizo algo por el equipo?, poco. ¿Buscó darle un golpe de efecto?, sí. Probó tratando de hacerse fuerte atrás para que dejen de cometerle goles con tanta facilidad y sólo lo consiguió en un par de partidos. Puso dos “5”, luego armó una línea de cinco volantes, jugó con dos delanteros y ahora con uno pero con volantes con llegada, como Esparza y Chancalay, que debían darle explosión y cambio de ritmo. Pareció encontrar alguna leve respuesta jugando un partido relativamente aceptable con Defensa y Justicia, algunos buenos pasajes con Racing y un primer tiempo interesante con Boca. Pero la realidad lo mostró frágil, inseguro, con ese temor a padecer alguna situación negativa que lo obligue a hacer algo para lo que no se sintió nunca en condiciones: rebelarse ante la adversidad. Sólo en el partido con Racing pudo modificar la historia y empatar un partido que perdía. En todos los otros partidos, cuando fue perdiendo no hubo forma de revertirlo.

Esa misma historia se repitió en Córdoba. No fue nada malo lo del primer tiempo. Orden y control del juego. Colón impidió que Talleres se haga dueño del partido y que le genere problemas a Burián. La pelota iba de área grande a área grande. Ninguno se animaba a entrar ni tenía ideas para hacerlo. En ese contexto, se estaba haciendo un buen negocio. La línea de cuatro no sufría, aún con los remiendos que hubo que hacerle por la salida de Olivera, la lesión de Rafael García y la necesidad de que Delgado se corra a la “cueva”. Colón cortaba bien el circuito de juego de Talleres en su propio terreno, en tres cuartos de cancha y de allí trataba de arrancar. Chancalay y Esparza eran los encargados de abrir la cancha por afuera mientras que Estigarribia y Zuqui, a los costados de Fritzler, jugaban de internos. La idea era la de regalarle un poco de terreno y de iniciativa a Talleres, pero se achicaba bien en las cercanías del área de Burián y se partía en contragolpe con rapidez. Funcionaba bien más allá de la falta de profundidad, defecto que también padecía un Talleres que sólo “molestaba” con los arranques de Parede por el sector de Vigo.

Después llegó la debacle. Si bien el primer gol fue a los 26 minutos de la parte final, se veía venir que en cualquier momento iba a llegar. Y que cuando Talleres lograse ponerse en ventaja, a Colón le iba a resultar imposible empatarlo porque está en un momento anímico en el que no puede salir a flote de situaciones adversas. No le da por la cabeza (lo anímico), por lo futbolístico (es un equipo que no hiere) y por lo físico (no saca nunca ventajas en ese rubro y se cae ante la primera circunstancia adversa).

Pancho Ferraro esbozó durante la semana una “banca” que, se sabía, tenía fecha de vencimiento y era este partido. Nadie puede asegurar qué habría ocurrido si Colón ganaba, pero la sensación fue que luego de Boca y ante la ausencia de un entrenador que diga que sí, la dirigencia y el secretario deportivo apoyaron la continuidad de Osella para ver si el equipo reaccionaba en Córdoba, cosa que no pasó. Colón volvió a mostrar la misma imagen de los últimos partidos, con muy poco de positivo para rescatar y mucho de negativo para preocuparse. Y así no quedó otra alternativa, para el técnico, que hablar de “ciclo cumplido” en apenas siete partidos.

No caben dudas que Osella es un laburante que tiene un libreto definido. Se sabe a quién se contrata y por ende no se le puede pedir algo que no siente. Pero el problema estuvo siempre adentro de la cancha, más que afuera. Hace mucho tiempo que estos jugadores no levantan su rendimiento individual. Si Esparza o Zuqui o Estigarribia juegan 10 metros más atrás o 10 metros más adelante no debería ser obstáculo para que muestren su nivel; como también ocurre con los delanteros.

Algunos reclamaron, sobre todo luego de Racing, que había que salir a atacar más. Pero los primeros que deben responder para que eso se pueda llevar a cabo, son los mismos jugadores. ¿O acaso se puede salir a atacar si después el equipo se “come” 10 goles en tres partidos? Es difícil. El arreglo se debe empezar por algún lado y Osella quiso hacerlo desde la defensa, sin éxito. Por eso dijo que no le encontró la vuelta y que era hora de dar el paso al costado.

Se fue Osella, pero no es el único responsable. Quedan 11 partidos. Debe venir un nuevo entrenador y los dirigentes tienen la obligación de traerlo y de no equivocarse (que no es poco). Y adentro de la cancha, es hora de que los jugadores, muchos de ellos con varias “batallas” en el lomo, se hagan cargo de la situación. A ellos también les compete.

Fuente: EL LITORAL.

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