Entre los estrenos de cine de la semana está la nominada al Oscar “Belfast”, de Kenneth Branagh

Además vuelve a los cines de todo el mundo “El Padrino”, la obra maestra de Francis Ford Coppola, celebrando sus cincuenta años. El mejor plan posible, la oportunidad de verla en pantalla grande.

Belfast ★★★

El actor y director irlandés Kenneth Branagh escribe su autobiografía cinematográfica. Belfast, una de las diez nominadas al Oscar, despliega recuerdos de una infancia marcada por los conflictos violentos entre protestantes y católicos a finales de los sesenta.

Es la infancia de Buddy (el pecoso Jude Hill), evidente alter ego del director. Un chico dulce y alegre que ve cómo su mundo de juegos (su barrio, su calle) se convierte en un polvorín peligroso, amenazando la armoniosa vida familiar.

La convivencia entre gente de distintos credos, o el acoso a las minorías católicas, resquebraja la estabilidad de la vida privada. Que es lo que importa en este relato, en tanto imposibilidad de continuar la vida en el lugar al que se pertenece, y se ama, en compañía familiar. Después de una introducción en color, con imágenes de la ciudad y su puerto, el blanco y negro transporta a ese tiempo pasado (e idealizado).

Belfast recuerda en blanco y negro, y con melancolía, Kenneth Branagh (Foto UIP).
Belfast recuerda en blanco y negro, y con melancolía, Kenneth Branagh (Foto UIP).

El pequeño Buddy vive con un padre intermitente (Jamie Dornan), que va y viene por trabajo a Inglaterra, un hermano mayor, sin demasiado peso dramático, su madre y sus abuelos (interpretados por Judi Dench y Ciarán Hinds). Todos adultos amorosos, entrañables, que ni siquiera beben, pero preocupados por la creciente imposibilidad de mantenerse al margen del conflicto que crece.

Desde la mirada de Buddy, el contraste con el mundo adulto, la pérdida de inocencia, tiene que ver con esos otros de afuera, que lanzan bombas molotov y saquean el comercio de la esquina, el del vecino de toda la vida.

Buddy (Jude Hill) juega a cazar dragones en las calles de la Belfast (Foto: UIP).
Buddy (Jude Hill) juega a cazar dragones en las calles de la Belfast (Foto: UIP).

Partir, hacia Canadá o Australia, o cruzar a Londres, donde el acento es un potencial discriminante, presiona a la familia como una tormenta en ciernes. La música de Van Morrison, otro oriundo de Belfast, aporta buenos momentos a ese relato, cuyo planteo inicial interesa, pero que pronto se encauza como un relato muy convencional y edulcorado, en el que prima un sentimentalismo casi opuesto a la emoción.

La sonrisa del niño versus el vandalismo, la iniciación (al cine, al erotismo, al mundo de los grandes) frente al mundo turbio de los adultos. Temas tratados desde los lugares comunes de la inocencia perdida. Películas que ya vimos, desenlaces que adivinamos, en una película que busca agradar, y al parecer lo logra, sin correr mayores riesgos.

El hombre que vendió su piel ★★★★

Nominada al Oscar del año anterior, esta divertida y provocadora película de una directora tunecina, Kaouther Ben Hania, cruza el drama de los refugiados sirios con una crítica mordaz al mundo del arte y su inagotable snobismo. Capaz de encontrar en la desgracia de un escapado de la guerra, Sam Ali, un lienzo humano que será expuesto en museos como un cuadro más.

"El hombre que vendió su piel" fue nominada al Oscar del año anterior (Foto: Prensa).
“El hombre que vendió su piel” fue nominada al Oscar del año anterior (Foto: Prensa).

Enamorado en su país de una mujer de clase alta, Sam proclama su amor como revolución de la libertad y termina preso, por un régimen que considera peligrosa esa palabra, y se encuentra en plena escalada bélica. El hombre logra escapar al Líbano, donde subsiste colándose en inauguraciones para comer y beber gratis.

Allí llama la atención de Soraya (Mónica Bellucci), que trabaja con un artista visual de moda. Lejos de echarlo, le proponen un contrato muy particular. Conseguirle la visa para llegar a Bruselas, donde ahora vive su enamorada, y un porcentaje de las ganancias, a cambio de… su espalda. De tatuarle una obra en la espalda. Precisamente, la visa Schengen, la que permite entrar de manera legal a los países de la Unión Europea.

La directora tunecina, Kaouther Ben Hania, cruza el drama de los refugiados sirios con una crítica mordaz al mundo del arte (Foto: Prensa).
La directora tunecina, Kaouther Ben Hania, cruza el drama de los refugiados sirios con una crítica mordaz al mundo del arte (Foto: Prensa).

Así es como el drama social, con trasfondo romántico, deriva en una sátira bastante ácida hacia el mundillo del arte, con no pocas situaciones que exploran los límites del absurdo. El horror de la cárcel, la represión y la guerra frente al mundo lindo del caviar y los salones perfumados.

Un hombre expuesto en una sala de museo, iluminado como un cuadro más, remite a las exposiciones universales de principios del siglo XX, en las que se exhibían indígenas entre otros exotismos, o al tráfico de personas, pero a la vez resulta verosímil como situación contemporánea. ¿Por qué no denunciar las injusticias de la guerra y los refugiados en la más viva de las artes, la piel de un ser vivo?

"El hombre que vendio su piel" deriva en una sátira bastante ácida hacia el mundillo del arte (Foto: Prensa).
“El hombre que vendio su piel” deriva en una sátira bastante ácida hacia el mundillo del arte (Foto: Prensa).

El hombre que vendió su piel es entretenida, efectiva y obviamente mantiene el interés en alto, hasta un final con giros acaso discutibles. Sin cargar las tintas hacia la caricatura, nunca del todo, la película recuerda a The Square, de Ruben Östlund que también fue nominada al Oscar y se metía, con tono más serio e intelectual, con el mundo del arte.

Que esté inspirada libremente en Tim, una obra de arte original tatuada por Wim Delvoye, y vendida a un coleccionista privado en 2008, no hace más que sumar interés.

Fuente: TN SHOW

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