Hace 30 años, Richard Jewell fue consagrado como un héroe, pero un giro en la investigación lo ubicó como el único sospechoso del atentado en los Juegos Olímpicos de 1996
El Centennial Olympic Park estaba lleno. Miles de personas habían ido hasta el centro de Atlanta para escuchar música y celebrar los Juegos Olímpicos de verano. Había pasado la medianoche del 27 de julio de 1996 pero los puestos de comida seguían funcionando, había espectáculos y un movimiento constante.
Esa noche tocaba Jack Mack and The Heart Attacks, un grupo soul conocido también por ser la banda estable de The Late Show, programa estelar de Fox. En medio de ese clima festivo, Richard Jewell, uno de los guardias de seguridad, vio algo que le llamó la atención: debajo de un banco, cerca de una torre de luces y sonido, había una mochila verde. Miró alrededor y parecía abandonada.
Podía ser una mochila olvidada, pero Jewell prefirió dar aviso a la policía. Llamó a los agentes que estaban en la zona y, mientras intentaban averiguar a quién pertenecía, empezó a alejar a las personas del lugar.
Efectivamente, dentro de la mochila había una bomba. En pocos minutos, la fiesta se convirtió en caos. Y Jewell, que actuó como un héroe, diría luego que en ese momento comenzó la pesadilla que marcaría su vida.

Nació en 1962, en Danville, Virginia, con el apellido White. Sus padres se separaron cuando Richard tenía cuatro años. Su madre, Bobi, se casó luego con John Jewell, quien lo adoptó y le dio su apellido.
Tenía seis años cuando la familia se mudó a Atlanta. Creció en un hogar estricto, donde las reglas y los buenos modales eran importantes. Era un alumno aplicado, pero tenía pocos amigos. Devoraba toda lectura relacionada con la historia. Y, sobre todo, las guerras: conocía cada batalla de Napoleón, había leído todo sobre Vietnam y coleccionaba artículos relacionados con las dos guerras mundiales.
Cuando terminó la secundaria, se anotó en una escuela técnica del sur de Georgia para estudiar mecánica automotriz. Sin embargo, poco después su padre adoptivo abandonó el hogar familiar y Richard decidió volver a casa para acompañar a su madre. “Mi mamá y yo siempre pudimos apoyarnos el uno en el otro”, contaría años después sobre ese vínculo.
Durante un tiempo trabajó arreglando autos, administró un local de TCBY (cadena estadounidense de tiendas de yogur helado) y consiguió un empleo administrativo en una agencia federal. Ahí conoció al abogado Watson Bryant, que años después tendría un papel clave en su vida. Sus compañeros lo apodaban “radar” porque parecía estar siempre pendiente de lo que los demás necesitaban.
Pero lo que Jewell realmente quería era trabajar en las fuerzas de seguridad. En 1990 consiguió entrar como carcelero en la oficina del sheriff del condado de Habersham y al año siguiente se convirtió en ayudante de sheriff. Pasó por la Academia de Policía y terminó dentro del 25 por ciento superior de su promoción. Por fin, sentía que había encontrado su lugar.

Era metódico, respetuoso de la autoridad y muy apegado a las reglas. “Soy de los que planifican todo”, le contó años después a Vanity Fair.
Ser policía, para él, era mucho más que tener un trabajo, era una forma de entender el mundo. Pero, esa forma de ser también le trajo problemas. En Habersham, mientras trabajaba en una agencia de seguridad (empleo que tenía fuera de su horario laboral) detuvo a una pareja y terminó acusado de excederse en sus funciones.
Se declaró culpable y, como era un cargo menor, quedó bajo libertad condicional. Aceptó recibir ayuda psicológica. Poco después chocó un patrullero y sus superiores lo destinaron a cumplir funciones dentro de una cárcel. Eso fue demasiado: Richard no lo soportó y renunció.
Luego trabajó como agente de seguridad en Piedmont College, una universidad de Georgia. Multaba a los autos que circulaban a alta velocidad dentro del predio, intervenía las fiestas de los estudiantes en busca de drogas y escribía larguísimos informes (incluso por infracciones menores).
Él mismo contó que, cuando encontraba estudiantes tomando alcohol, no dudaba en avisar a sus padres: “No tenía ningún problema en decirles, sin vueltas, lo que estaban haciendo sus hijos”.
Algunos lo consideraban demasiado rígido. Otros recordaban a un hombre amable, educado y siempre dispuesto a ayudar.

En 1996, regresó a Atlanta para acompañar a su madre, que debía someterse a una operación. Ocupó su antigua habitación y se propuso empezar de nuevo.
Esperaba conseguir un puesto en la policía de Atlanta, pero encontró otro trabajo antes: se incorporó a un cuerpo de guardias de seguridad creado para atender los Juegos Olímpicos de Atlanta 1996. Era trabajo temporal, pero muy bien pago. “Pensé que trabajar en el Centennial Olympic Park iba a quedar muy bien en mi currículum”, contó luego.

Esa madrugada, después de encontrar la mochila, Jewell avisó a los agentes que estaban en el lugar. Primero intentaron averiguar a quién pertenecía. Como nadie la reclamó, se convirtió en un “paquete sospechoso” y llamaron a los especialistas en explosivos para que intervinieran. Casi al mismo tiempo, cerca de la una de la mañana, el 911 recibió una llamada desde un teléfono público. Un hombre advirtió que había una bomba en el Centennial Olympic Park y que explotaría en 30 minutos.
Los especialistas encontraron dentro de la mochila un artefacto formado por tres bombas de tubo, rodeadas de clavos y otros objetos pensados para actuar como metralla.
Jewell y otros agentes empezaron a alejar a la gente. No fue fácil. Muchos estaban en pleno festejo, algunos con vasos de cerveza en la mano y no entendían por qué tenían que irse. Una reconstrucción publicada por TIME pocos días después describió que los asistentes “no seguían demasiado bien las indicaciones” de los agentes mientras intentaban evacuar la zona.

La advertencia había llegado unos 18 minutos antes. A la 1.20 de la madrugada, cuando la evacuación todavía estaba en marcha, la bomba explotó.
Alice Hawthorne, de 44 años, murió y más de cien personas resultaron heridas. Un camarógrafo turco, Melih Uzunyol, falleció de un ataque cardíaco después de correr hacia el lugar para cubrir lo ocurrido. “Logramos sacar a entre 150 y 175 personas de esa colina antes de que la bomba explotara. Ojalá hubiera habido menos heridos”, dijo Jewell a 11Alive News.
Podía haber sido mucho peor. Jewell había visto la mochila y, junto con otros agentes, había logrado alejar a parte de la multitud antes de la explosión. El propio FBI reconoció que fue él quien detectó el bolso abandonado y comenzó a sacar gente de la zona. En pocas horas, ese guardia de seguridad desconocido pasó a ser un héroe.
En las horas siguientes, el nombre de Richard Jewell empezó a aparecer en todos los medios. Los periodistas querían hablar con el guardia que había visto la mochila y ayudado a sacar gente de la zona antes de la explosión. Él no parecía demasiado cómodo con tanta atención. Según contó después a Vanity Fair, fue el departamento de prensa de AT&T el que empezó a organizarle entrevistas. “La idea de salir en televisión me ponía nervioso”, recordó. “Yo no era el héroe. Hubo muchas otras personas que salvaron vidas”, repetía cada vez que podía.
Sin embargo, durante tres días, para buena parte de los Estados Unidos, Jewell fue justamente eso: un héroe.
Pero mientras aparecía en televisión y recibía felicitaciones, otra historia empezaba a armarse en silencio. El presidente de Piedmont College, donde Jewell había trabajado como policía de seguridad, vio las noticias y decidió comunicarse con el FBI. Les habló de su paso por la universidad y de algunos problemas que había tenido allí. Según reconstruyó Marie Brenner en Vanity Fair, esa llamada fue uno de los hechos que llevó a los investigadores a mirar más de cerca al guardia de seguridad.

Empezó entonces a circular entre los investigadores una hipótesis conocida como la del hero bomber. La idea era que alguien podía provocar una emergencia para después descubrirla, ayudar a resolverla y convertirse en héroe. Jewell encajaba, al menos para algunos investigadores, en ese perfil. Aunque no había una prueba que demostrara que hubiera puesto la bomba, el FBI empezó a investigarlo.
El 30 de julio, apenas tres días después del atentado, todo salió a la luz. The Atlanta Journal publicó en su tapa que el FBI sospechaba que el “héroe” podía haber colocado la bomba. El artículo afirmaba, además, que Jewell encajaba en el perfil del atacante solitario, un aspirante a policía frustrado que quería convertirse en héroe.
La noticia se propagó y en horas, ese hombre al que las cámaras habían buscado para felicitarlo empezó a ser perseguido como posible autor del atentado. A partir de ese momento, la vida de Jewell cambió por completo. La casa donde vivía con su madre estaba rodeada de móviles de televisión y periodistas. Cada vez que salía, lo seguían.
Jewell estaba siendo investigado por el FBI, pero nunca fue detenido ni acusado formalmente.

Su madre también quedó atrapada en esa exposición. Vivía con Richard y veía cómo, en pocos días, su hijo había pasado de ser presentado como un héroe a quedar bajo sospecha. En una conferencia de prensa pidió públicamente que dejaran de perseguirlo.
Pero la presión fue creciendo día tras día. Los investigadores analizaron cada aspecto de su vida. Revisaron sus antecedentes laborales, registraron su casa y hablaron con conocidos. Afuera, los periodistas esperaban cualquier movimiento.

Uno de los episodios más cuestionados de la investigación ocurrió cuando los agentes del FBI invitaron a Jewell a una oficina con la excusa de grabar un video de entrenamiento sobre cómo actuar ante el hallazgo de un paquete sospechoso. Jewell aceptó pensando que iba a colaborar con una recreación de lo ocurrido. Pero una vez allí, el tono cambió.
Los agentes empezaron a hacerle preguntas y quisieron leerle sus derechos. Jewell comenzó a darse cuenta de que ya no lo estaban tratando como a un testigo o a un héroe, sino como a un posible sospechoso. Entonces llamó a Watson Bryant, el abogado que había conocido años antes. Bryant entendió enseguida lo que estaba pasando y le pidió que no respondiera más preguntas y que se fuera del lugar. Ese momento marcó un quiebre para Jewell. La institución a la que siempre había querido pertenecer ahora lo investigaba.
Mientras la investigación avanzaba, Jewell decidió hablar. En una entrevista con Mike Wallace, en el programa 60 Minutes, negó cualquier relación con el atentado. “Todo es mentira”, aseguró.
Jewell entendía que, aun si algún día quedaba demostrado que era inocente, algo ya había cambiado para siempre y su nombre quedaría unido a la bomba. “Habrá personas de 90 años que estuvieron en los Juegos Olímpicos que dirán: “¿Te acordás de cuando explotó esa bomba? ¿Ese tal Jewell al que acusaron de eso? ¿Te acordás?”. Y la gente responderá: “Sí, me acuerdo. ¿Puedes creer todo eso?”. Esto nunca terminará, señor", dijo.
También sabía que aquella sospecha -por más infundada que fuera- podía destruir la posibilidad de hacer una carrera en las fuerzas de seguridad, temía que, después de todo lo ocurrido, nadie volviera a confiar en él para darle una placa. Y en cierto modo, tenía razón. Durante semanas, el FBI siguió investigándolo, revisó su pasado y buscó alguna prueba que pudiera vincularlo con el atentado. Pero esa prueba nunca apareció.

“No estamos ni cerca de poder arrestar a Richard Jewell”, admitió entonces Kent Alexander, fiscal federal, según reconstruyó Marie Brenner en Vanity Fair. Para ese momento, sin embargo, su nombre ya había quedado instalado públicamente como el del principal sospechoso.
Durante 88 días, Jewell vivió bajo sospecha. El 26 de octubre de 1996, sus abogados recibieron una carta del fiscal donde se informaba que Jewell ya no era considerado objetivo de la investigación. Dos días después, Jewell apareció frente a los periodistas.
“Durante 88 días viví una pesadilla. Durante 88 días, mi madre también vivió una pesadilla”, dijo Jewell.
Mientras Jewell intentaba reconstruir su vida, el verdadero autor del atentado seguía libre. Con el tiempo, los investigadores vincularon a Eric Robert Rudolph, un extremista contrario al gobierno y al aborto, con el ataque del Centennial Olympic Park y con otros atentados posteriores. Rudolph había estado años escondido en las montañas de Carolina del Norte y fue capturado recién en 2003, después de una larga búsqueda.
En 2005 se declaró culpable del atentado de Atlanta y de otros ataques para evitar la pena de muerte. “El atentado en los Juegos Olímpicos tenía como objetivo confundir, enfurecer y avergonzar al gobierno de Washington ante el mundo por su abominable aprobación del aborto a demanda”, publicó TIME. Para ese entonces, habían pasado casi nueve años desde la noche que cambió la vida de Jewell.

Jewell trató de empezar de nuevo. Volvió a trabajar en seguridad y con el tiempo regresó a las fuerzas de seguridad, primero como policía y después como ayudante de sheriff. También inició demandas contra varios medios y contra su antiguo empleador por la manera en que había sido expuesto públicamente. Algunas terminaron en acuerdos económicos y otras se extendieron durante años.
Pero quedar afuera de la investigación no significó dejar todo atrás. En 2002, más de cinco años después, volvió a sentarse frente a Mike Wallace en 60 Minutes. Contó que todavía miraba debajo de su auto antes de subir, se fijaba si alguien lo observaba desde otro vehículo y a veces cambiaba el camino de regreso a su casa para asegurarse de que nadie lo siguiera. Incluso en lugares cotidianos, como un supermercado, sentía las miradas.

“Nunca fui tratado como un héroe. No sé cómo se trata a un héroe, pero mi madre y yo nunca fuimos tratados así”, dijo en esa entrevista.
En 2006, diez años después del atentado, el entonces gobernador de Georgia, Sonny Perdue, reconoció oficialmente su actuación aquella noche. Le entregó una distinción y destacó que debía ser recordado como un héroe por haber ayudado a salvar vidas.
Jewell murió al año siguiente, en 2007. Tenía 44 años y arrastraba graves problemas de salud, entre ellos diabetes y una enfermedad cardíaca.

Años más tarde, su historia volvió a ser conocida por una nueva generación. En 2019, Clint Eastwood llevó el caso al cine en Richard Jewell. Paul Walter Hauser interpretó a Jewell, Kathy Bates a su madre, Bobi, y Sam Rockwell a Watson Bryant, el abogado que lo acompañó durante aquellos meses.
Durante mucho tiempo, Jewell tuvo que explicar que él no había puesto aquella bomba. La historia, sin embargo, había empezado de otra manera. Con un guardia de seguridad que vio una mochila abandonada debajo de un banco y decidió no seguir de largo.
Hace 30 años, Richard Jewell fue consagrado como un héroe, pero un giro en la investigación lo ubicó como el único sospechoso del atentado en los Juegos Olímpicos de 1996
2026-08-04 06:00:05
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